sábado, 18 de octubre de 2025

Volviste.

 Volviste roto para que te viera sangrar

Y fui feliz, te lo prometo.

He sido feliz.

He creado nuevos recuerdos… que de todas maneras se contaminan con el dolor tan familiar.

He sonreído para después llorar,

porque mis manos se han manchado del color de tus mentiras.

Mi corazón se ha envuelto en el calor de tu amor,

pero se ha quemado nuevamente en el fuego de lo único que conoce:

la traición.

Y no te culpo, mi amor.

No culpo tus acciones,

culpo a tu mente herida y a tu corazón roto.

Eres capaz de dar amor,

pero no uno que no sangre,

no uno que no duela.

Y lo entiendo.

Y está bien.

El tiempo sanará tus heridas,

como ha sanado las mías.

Pero, corazón…

¿por qué exponerme al peso de tu engaño una vez más?

¿Volviste para que perdonara tus grietas

y no sintieras culpa de que adornen tu alma?

¿Me enseñas las cicatrices que no cierran

para que te diga cómo curarlas?

¿O solo me las muestras

para recordarme que no piensas cambiar?

No te entiendo.

Y aunque lo hiciera,

sé que tengo otras decisiones que tomar.

Porque sigues volviendo a ganar.

El corazón se me deshace

cada vez que enfrento otra promesa rota más.

Ya no tengo cómo justificarte.

No cumples lo que prometes,

ni siquiera lo intentas.

Todo se trata de ti.

Solo de ti.

¿Cómo le explico a mi corazón lo que debemos hacer,

si él mismo sabe perfectamente la paz que añora,

pero no puede elegirla

por encima del amor que lo embriaga?

¿Esto es amor?

No sé si deba.

No sé si pueda.

No sé…

¿Cómo avanzo desde aquí?

Si todo sigue siendo para ti.

Si priorizarme a mí

significa renunciar a ti.

¿Es eso lo que debo hacer?

Tengo miedo en los recuerdos,

y dolor en el amor.

El perdón se me escapó del diccionario,

y la verdad que ignoro me tritura los huesos.

Sentada en esta habitación vacía,

vacilo entre aceptar-te… o me.




jueves, 2 de octubre de 2025

Sangría emocional.

Cerré los ojos y apoyé la cabeza cansada en el borde de la tina. Estaba cubierta hasta el cuello de agua caliente y el vapor me dejaba somnolienta, agotada.

El calor era insoportable; sudaba tanto que el cabello se me pegaba a la frente en mechones finos, simulando las grietas que sentía en mi mente.

Me costaba respirar, pero ya casi terminaba la hora. Cerré los ojos, sintiendo el ardor en la nariz por el aroma a desinfectante y alcohol. Esperaba paciente, minuto a minuto, que terminara esa tortura… hasta que lo escuché. Esa voz. La misma voz que me había llevado a la locura.


No quise abrir los ojos. Mi cuerpo se tensó bajo el agua; no quería mostrar ninguna señal, no quería que nadie se diera cuenta de que estaba volviendo a alucinar.


El bullicio cesó y esa voz familiar me habló sin cuidado:


—Hola —dijo, como si fuera real.


No respondí.

Después de varios intentos de conversación sin éxito, por fin preguntó:


—¿Te molesta que te hable?


Abrí los ojos y giré lentamente la cabeza hasta encontrarme con él. Con ese hombre que alucinaba. Con mi amor eterno. Con la razón por la que estaba en ese manicomio emocional.

Quería preguntar tantas cosas, exigir respuestas, pero las palabras se me atascaron en la garganta al asimilar lo que estaba pasando.


Atado de manos y pies, completamente desnudo y con el cabello corto, estaba él, dentro de una tina con el agua caliente hasta el cuello.


—¿Qué haces…? —pregunté sin poder terminar la oración.

—Lo mismo que tú —respondió, con la voz cansada, en un susurro—. Sanando.


—El tiempo acabó —gritó una enfermera desde afuera.

Él me sonrió, dulce, sincero, y sus ojos se cerraron tristes aún con la sonrisa en su rostro. Dos hombres enormes lo sacaron de la tina y lo subieron a esa misma camilla de metal que ya llevaba mi nombre y mi sangre. Lo vi estremecerse; giró la cabeza hacia mí y mantuvimos el contacto visual hasta que lo sacaron de la habitación.


—Levántate —me ordenó la enfermera.

Obedecí casi sin pensar; había aprendido a seguir las órdenes de lo incómodo. Me recosté sobre otra camilla de metal y dejé que me llevaran por los largos pasillos hasta el consultorio que ya conocía bien.


El cambio brusco de temperatura hacía que mi piel expuesta se congelara sin piedad. Comencé a temblar, pero ya no sabía si era por miedo, frío o el simple reflejo aprendido de un cuerpo entrenado para sufrir.

Colocaron mi camilla junto a la de él, casi tan cerca como para sentir el calor de su piel.


Aún llevaba el cuerpo atado y mojado. Lo miré con dolor. Él me devolvió la mirada, entendiendo exactamente lo que pensaba, pero ninguno dijo nada. No sé si era por miedo o por cobardía, pero sabía que debía enfrentarlo.

El hombre al que había amado hasta la locura, hasta perder la razón, hasta olvidarme de mí, ahora estaba en la camilla a mi lado. Ya no a la distancia haciendo eco en mis memorias, ya no en mi cama como una alucinación, ya no en mis tardes libres como una visita. No. Ahora estaba aquí, como un consumidor pasivo de la misma carnicería emocional a la que yo me he enfrentado tantas veces.


El dolor recorrió mi alma. Volví a llorar, pidiéndoles a todas y cada una de las enfermeras que detuvieran el procedimiento. Les supliqué que lo dejaran ir, rogué por tomar su lugar. Nuevamente me silenciaron, me sujetaron a la mesa, me impidieron salir.


El doctor, con la misma cara triste, se acercó a él y le quitó las vendas que lo sujetaban. Él no se movía, ni siquiera me miraba. El doctor caminó despacio hasta llegar a mí, me tomó la cara entre las manos enguantadas y me dijo despacito:


—Él está libre, ¿lo ves? Podría huir, podría levantarse de la camilla y nadie lo detendría, pero no lo hace. ¿Te das cuenta? Y aquí estás tú, suplicando tomar su lugar para evitarle un sufrimiento que ni él está dispuesto a evitarse a sí mismo… qué lástima —dijo con un tono puntual, casi burlesco—. Pensé que ya te estabas curando.


Y entonces comenzó.


Un médico distinto empezó a examinar a mi amor bajo la supervisión del que sostenía aún mi cara.

—Sangre corrupta —dijo el médico de mi amor.

El mío asintió:

—De esta también —dijo con desprecio.


Ya sabía lo que venía.


Sujetaron mi cuerpo con correas de cuero frío, me ataron a la mesa y me colocaron junto a él, que mantenía los ojos cerrados y una expresión triste. Y entonces sentí el calor de su mano cerca de la mía, su meñique rozando el mío con timidez, con miedo.

No me quedaba nada más que aceptar ese gesto como único consuelo mientras el bisturí cortaba mi piel.


Las pinzas sacaban del frasco una a una sanguijuelas pequeñas que ponían sobre nosotros. Succionaban mi sangre y con ella también toda esperanza de salir de aquí.

Nuestras manos se fueron entrelazando cada vez más, sin vergüenza, sin miedo. Nuestras palmas húmedas se encontraron en un abrazo íntimo y de consuelo. A mi mente venían imágenes de antes, mucho antes de la lobotomía, mucho antes de su abandono, mucho antes de que él dejara de amarme: nuestras risas compartidas, nuestros cuerpos enredados bajo sábanas tibias en un pequeño colchón suave, el sonido de la lluvia repiqueteando en el tejado mientras nuestras respiraciones se sincronizaban en pacífico amor. Era feliz. Siempre supe que era feliz.

Ahora estoy aquí, siendo devorada por gusanos de sangre que me comen la tristeza, las ilusiones y el amor.


Me desmayé en algún momento. Cuando volví a abrir los ojos estaba nuevamente sola, en esa habitación tan blanca y vieja. Absolutamente sola.

El olor a vinagre con el que curaron mis heridas era penetrante y asqueroso. Me levanté despacio y una enfermera con rostro amable me trajo un par de toallas tibias para secarme el rostro y limpiar la sangre seca que quedaba en mi piel.


—¿Dónde está él? —le pregunté a la mujer que me miraba como esperando esa pregunta.


—Volvió —dijo con lástima en la voz.


Así que… siempre fue así. Los dos éramos pacientes del mismo maldito hospital.





Noches prestadas

 Que otra vez, porque otra vez… Otra vez. Soñando despierta con lo que anhelo, congelándome la piel con lo que es. Explorando las risas que ...