Estoy recostada en la camilla de hierro frío. Mi cuerpo tiembla, pero no sé identificar de dónde viene la ansiedad: ¿quizá del dolor de tu partida?, ¿tal vez del miedo?, ¿o de lo helado de esta habitación?
Solía ser nuestra, ¿recuerdas? Pintada de azul, con tu ropa en el piso y tu aroma en las paredes. Ahora luce pálida, blanca, estéril. Sin la cama en la que dormíamos, sin el espejo donde nos veíamos reflejados, sin el amor haciendo eco... Solo esta plancha de hierro y una luz fuerte que quema.
Entra el hombre vestido de blanco, mirando al piso, desganado, con los brazos colgando, como si le pesara más a él que a mí lo que está a punto de suceder.
La enfermera despliega las herramientas. Solo son un par. Lucen limpias, aunque tal vez sea solo el reflejo de este blanco puro que nos baña con su inherente tristeza. Respiro despacito, con la voz entrecortada. Mis labios tiemblan, incluso están un poco morados. Aprieto entre mis manos la carta que me diste, la única carta que en ocho años me escribiste. El papel frágil se deshace entre mis dedos húmedos y temblorosos.
—Vamos a empezar —dice el “médico”, con una voz gélida, lenta, casi tenebrosa.
Todos sabemos lo que está a punto de pasar...
Toma el orbitoclasto de la mesa. Siento unas náuseas repentinas que se vuelven temblores incontrolables. Entonces todo en mi cabeza se vuelve confuso. Tantos recuerdos de ti: tu carita mirándome, tu sonrisa, tus lunares, tu voz diciendo “te amo”, tu risa, tu calor... El miedo me invade como una marea directa al corazón. Mis lágrimas se derraman incontrolables. Siento el corazón latiéndome en la garganta y en las orejas. Necesito escapar. No quiero olvidarte.
Pero me detienen. Todas ellas. Me ciñen a la mesa casi sin esfuerzo, mientras yo lucho por nuestra vida, por nuestros recuerdos. Me agito violentamente. Me desgarro la garganta gritando tu nombre, deseando que me rescates, que vuelvas, que no permitas que me borren la memoria ni el amor.
El doctor se acerca. Por fin veo sus ojos, y en ellos un dolor indescriptible que me quita la fuerza. Dejo de luchar.
—Mi niña —me dice tomándome del rostro—. ¿Qué no ves que él ya está con ella?
Me seca las lágrimas que aún ruedan por mis mejillas.
—Él la escogió a ella, no a ti. ¿No te das cuenta? Apenas te dejó, y mientras tú suplicabas por él, él se acercaba a ella de todas las maneras posibles. La seguía en todos lados, la buscaba en cada rincón. ¿Qué otra prueba necesitas?
Termina su discurso con un eco que me rompe el corazón un poco más.
—Pero él me escribió, me dijo… —quise responder, pero me interrumpe con prontitud.
—¿Y le crees? —me dice, humedeciendo su cubrebocas con las lágrimas que ahora él llora por mí.
—Quiero creerle —le respondo, al fin, mientras un nuevo torrente de lágrimas se avecina sin piedad.
Entonces lloro. Lloro y grito mientras siento sus dedos helados levantándome el párpado. Grito tu nombre sabiendo que pronto lo olvidaré. Me aferro a los últimos minutos de ti que me quedan en el alma. Nuestro apodo se queda flotando en el aire mientras lloro por ti, mi amor...
La punta del orbitoclasto penetra en la cuenca de mi ojo.
Duele más olvidarme de ti.
Toma el martillo y siento el primer golpe. Grito de dolor. Grito por ti. Grito, solo grito para tener menos miedo.
Siento el segundo golpe. Mi amor se desvanece. Tus ojitos están en mi memoria. Duele demasiado...
Viene el tercer golpe…
Para. Por favor.
Golpea. Algo cruje. Un último grito. Un último golpe...
y…
Abro los ojos. La luz me ciega. Hay algo mojado en mis manos. Una hoja… una letra…
¿Quién podría ser tan importante como para doler tanto?