Se abren las puertas y comienza la función.
El estruendo se hunde en mis huesos.
Las luces me apuntan, todos me presentan como su principal atracción.
Las risas resuenan, los dedos me señalan, las caras de asco y los murmullos me ciegan.
Soy la bruja.
La maldita, la maldecida y la que maldice.
Soy la rara, la insuficiente, la que nunca debió existir.
Me apuntan, me acusan, me insultan con voces ajenas.
Mirarlos a los ojos no es tan difícil.
Rostros pintados, trajes chillantes manchados de risas crueles, coloridos, con olor a polvo y mentiras.
Yo aquí, siendo la atracción de quienes ignoran las narices rojas en sus propias caras.
Yo soy la bruja.
Pero ellos… ellos siempre fueron los bufones.
Aguanto mi corazón, sosteniendo la bondad que aún habita en mí.
Recojo las piezas de un amor que me arrebataron y me devolvieron sin pedirlo ni exigirlo.
Y, de pronto, soy la culpable ante sus ojos del movimiento de una vida que yo solo observé desde lejos.
¿Cómo se limpia lo que yo no ensucié?
¿Cómo se aclara lo que nunca fue dicho?
Las mentiras que aseguran como verdades pesan más que el plomo en mis venas… y me envenenan la vida.
Con la amargura de la traición deslizándose por mi garganta, miro cómo él no tiene ni la mitad de la voluntad por mí, que tuvo para renunciar a mí.
Al final, me refugié en los brazos del héroe que salvará al mundo entero, que protegerá a cada alma en pena, que sonríe a cada mirada que lo busca… aun si eso implica abandonarme a mí.
Su héroe.
Mi verdugo.
Yo solo soñaba con ser la debilidad del villano, la mujer por la que él quemaría la mitad del mundo con el único fin de mantenerme a salvo.
Pero al final fui nada: un personaje despreciable en mi propia historia de amor.
Y así se cierra el telón.
Las luces se apagan cuando la función termina.
Los bufones no se quitan sus narices ni cuando cierran las puertas.
Yo… continúo mi camino.
Contando mi verdad a quien quiera escucharla, buscando justicia y las piezas rotas de una vida que no sabía que había perdido.
Completando mi corazón con pedacitos de historias que invento, resanando viejas heridas y cantando canciones que me recuerdan que, como decía mi bohemio favorito, todos somos los villanos de una historia mal contada.
No ardí entre las llamas de una hoguera.
Me quemaron en silencio, un susurro que me hizo cenizas por dentro.
Hoy estoy dispuesta a ser la villana de esta historia.
Jamás olvidarán mi nombre.
Quien venga, vivirá a mi sombra; y quien escuche, buscará entre la conciencia y la curiosidad hasta encontrarme.
Entonces mirarán estos ojos de bruja que revelan una verdad no dicha:
yo nunca fui la mala.
