Las cosas de las que no hablamos
Nació como una invitación a la libertad, a no dejarse arrastrar por la sociedad...
viernes, 12 de junio de 2026
Treinta
sábado, 11 de abril de 2026
Noches prestadas
Que otra vez, porque otra vez…
Otra vez.
Soñando despierta con lo que anhelo, congelándome la piel con lo que es.
Explorando las risas que no existen, el calor que no me elige, el tiempo que no pasa. Amando escenarios que se quedan enterrados en los escombros de la duda, arrastrándome de vuelta a la soledad que desearía no tener que vivir.
Traduzco los sonidos del vacío, hablando un idioma que solo yo entiendo y que nadie comparte. Acaricio el “ojalá” que se me derrama del corazón y me cubre de sal los ojos, pero que jamás termina de salir… qué humillante sería, además, llorar.
La tristeza se me atora en el estómago. Es que comí ilusiones podridas que me hicieron mal. Ahora estoy enferma de esperanza, con un dolor punzante que me recuerda que quizá debí decir que no cuando me invitaron a cenar.
Estaría sola… pero al menos no tan sola como lo estoy ahora, que duermo junto a él.
Ayer le escribí una carta. La leyó con los ojos, cuando debía leerla con el corazón.
Ahora entiendo que, aunque me ame, no me quiere.
Debería poder quererme más, pero yo… yo quererme a mí. Así quizá no aceptaría pedazos de un amor que alguien más tiró, que alguien más no se acabó. Porque comer desesperada las sobras te enferma de esperanza…
y la esperanza daña más que la soledad.
Todavía creo que volvió porque fui la única que respondió…
la única puerta que se abrió, o que quizá nunca se cerró.
Porque sé que una parte suya —y ahora quizá también mía— está esperando a la mujer correcta que llegue a su vida, para que todo su amor no se desperdicie en mí.
Esas noches de lluvia, acurrucados bajo las sábanas, están reservadas para ella.
Ahora yo también respeto su lugar, aunque aún no aparece.
Qué distinto es el dolor cuando lo asumes.
miércoles, 25 de marzo de 2026
Quédate
martes, 20 de enero de 2026
Ilustre desconocida
He caído en cuenta de que el mar nos ha arrastrado.
La sal me nubla los ojos y me enrojece las mejillas.
Pruebo el dolor de lo que no se dice,
de lo que no se entiende,
como gotas de rocío que me quitan la sed
y no me saben tan amargas.
La cabeza se me llena de peces diminutos
que me nadan detrás de la nariz.
Suben burbujas de decepción
que me rompen el alma.
Ahora odio esa palabra.
«Decepción»
¿Ha sido mi culpa
estar bajo el mar,
enterrada entre la arena,
sintiendo frío en los huesos?
¿Tan malo fue
ese amanecer
que nunca llega a mis dedos? Tiene la culpa.
Aunque mi corazón
siempre lleve su nombre, el vacio de la espera nos recuerda que ni eso es suficiente...
¿No fue suficiente?
Quizá debí demostrarlo de otra manera,
quizá debí actuar distinto,
quizá debí…
La marea me arrastra
y yo, sin voluntad,
me entrego al movimiento
de lo imparable,
de lo inconmensurable.
Si el tiempo existe,
quiero pedirle
que finja que no existo.
Así podría esperar eternamente
a que el mar se seque
y deje de hacerme arder el corazón.
¿De qué estuve hecha en tus sueños?
Quizá fui
la princesa de azúcar
que amarga lo que toca.
Tal vez
la reina de las sombras,
hecha de humo y ceniza.
O fui esa posibilidad en otra vida
que quizá sí,
que fue,
que pudo ser.
Fui la princesa cruel,
la más hermosa
de un reino
que hace mucho ya no existe,
pero que, de vez en cuando,
aún me llama.
Voy a sentarme aquí
a contar los pétalos
de esta flor marchita.
Pondré al sol mis pecados
para que se sequen
y escapen al viento
junto con mi razón.
La confusión me pesa en los párpados.
Duele más
de lo que quiero aceptar.
Mañana, cuando amanezca,
prometo estar ahí.
Seré el sol en tu ventana.
Seré el brillo y el calor.
Seré el aroma del café.
Seré el azul del cielo
y la brisa fresca del día.
Seré la primera gota de vida.
Si fuera el día completo…
¿te quedarías conmigo?
lunes, 8 de diciembre de 2025
La villana
Se abren las puertas y comienza la función.
El estruendo se hunde en mis huesos.
Las luces me apuntan, todos me presentan como su principal atracción.
Las risas resuenan, los dedos me señalan, las caras de asco y los murmullos me ciegan.
Soy la bruja.
La maldita, la maldecida y la que maldice.
Soy la rara, la insuficiente, la que nunca debió existir.
Me apuntan, me acusan, me insultan con voces ajenas.
Mirarlos a los ojos no es tan difícil.
Rostros pintados, trajes chillantes manchados de risas crueles, coloridos, con olor a polvo y mentiras.
Yo aquí, siendo la atracción de quienes ignoran las narices rojas en sus propias caras.
Yo soy la bruja.
Pero ellos… ellos siempre fueron los bufones.
Aguanto mi corazón, sosteniendo la bondad que aún habita en mí.
Recojo las piezas de un amor que me arrebataron y me devolvieron sin pedirlo ni exigirlo.
Y, de pronto, soy la culpable ante sus ojos del movimiento de una vida que yo solo observé desde lejos.
¿Cómo se limpia lo que yo no ensucié?
¿Cómo se aclara lo que nunca fue dicho?
Las mentiras que aseguran como verdades pesan más que el plomo en mis venas… y me envenenan la vida.
Con la amargura de la traición deslizándose por mi garganta, miro cómo él no tiene ni la mitad de la voluntad por mí, que tuvo para renunciar a mí.
Al final, me refugié en los brazos del héroe que salvará al mundo entero, que protegerá a cada alma en pena, que sonríe a cada mirada que lo busca… aun si eso implica abandonarme a mí.
Su héroe.
Mi verdugo.
Yo solo soñaba con ser la debilidad del villano, la mujer por la que él quemaría la mitad del mundo con el único fin de mantenerme a salvo.
Pero al final fui nada: un personaje despreciable en mi propia historia de amor.
Y así se cierra el telón.
Las luces se apagan cuando la función termina.
Los bufones no se quitan sus narices ni cuando cierran las puertas.
Yo… continúo mi camino.
Contando mi verdad a quien quiera escucharla, buscando justicia y las piezas rotas de una vida que no sabía que había perdido.
Completando mi corazón con pedacitos de historias que invento, resanando viejas heridas y cantando canciones que me recuerdan que, como decía mi bohemio favorito, todos somos los villanos de una historia mal contada.
No ardí entre las llamas de una hoguera.
Me quemaron en silencio, un susurro que me hizo cenizas por dentro.
Hoy estoy dispuesta a ser la villana de esta historia.
Jamás olvidarán mi nombre.
Quien venga, vivirá a mi sombra; y quien escuche, buscará entre la conciencia y la curiosidad hasta encontrarme.
Entonces mirarán estos ojos de bruja que revelan una verdad no dicha:
yo nunca fui la mala.
sábado, 18 de octubre de 2025
Volviste.
Volviste roto para que te viera sangrar
Y fui feliz, te lo prometo.
He sido feliz.
He creado nuevos recuerdos… que de todas maneras se contaminan con el dolor tan familiar.
He sonreído para después llorar,
porque mis manos se han manchado del color de tus mentiras.
Mi corazón se ha envuelto en el calor de tu amor,
pero se ha quemado nuevamente en el fuego de lo único que conoce:
la traición.
Y no te culpo, mi amor.
No culpo tus acciones,
culpo a tu mente herida y a tu corazón roto.
Eres capaz de dar amor,
pero no uno que no sangre,
no uno que no duela.
Y lo entiendo.
Y está bien.
El tiempo sanará tus heridas,
como ha sanado las mías.
Pero, corazón…
¿por qué exponerme al peso de tu engaño una vez más?
¿Volviste para que perdonara tus grietas
y no sintieras culpa de que adornen tu alma?
¿Me enseñas las cicatrices que no cierran
para que te diga cómo curarlas?
¿O solo me las muestras
para recordarme que no piensas cambiar?
No te entiendo.
Y aunque lo hiciera,
sé que tengo otras decisiones que tomar.
Porque sigues volviendo a ganar.
El corazón se me deshace
cada vez que enfrento otra promesa rota más.
Ya no tengo cómo justificarte.
No cumples lo que prometes,
ni siquiera lo intentas.
Todo se trata de ti.
Solo de ti.
¿Cómo le explico a mi corazón lo que debemos hacer,
si él mismo sabe perfectamente la paz que añora,
pero no puede elegirla
por encima del amor que lo embriaga?
¿Esto es amor?
No sé si deba.
No sé si pueda.
No sé…
¿Cómo avanzo desde aquí?
Si todo sigue siendo para ti.
Si priorizarme a mí
significa renunciar a ti.
¿Es eso lo que debo hacer?
Tengo miedo en los recuerdos,
y dolor en el amor.
El perdón se me escapó del diccionario,
y la verdad que ignoro me tritura los huesos.
Sentada en esta habitación vacía,
vacilo entre aceptar-te… o me.
jueves, 2 de octubre de 2025
Sangría emocional.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza cansada en el borde de la tina. Estaba cubierta hasta el cuello de agua caliente y el vapor me dejaba somnolienta, agotada.
El calor era insoportable; sudaba tanto que el cabello se me pegaba a la frente en mechones finos, simulando las grietas que sentía en mi mente.
Me costaba respirar, pero ya casi terminaba la hora. Cerré los ojos, sintiendo el ardor en la nariz por el aroma a desinfectante y alcohol. Esperaba paciente, minuto a minuto, que terminara esa tortura… hasta que lo escuché. Esa voz. La misma voz que me había llevado a la locura.
No quise abrir los ojos. Mi cuerpo se tensó bajo el agua; no quería mostrar ninguna señal, no quería que nadie se diera cuenta de que estaba volviendo a alucinar.
El bullicio cesó y esa voz familiar me habló sin cuidado:
—Hola —dijo, como si fuera real.
No respondí.
Después de varios intentos de conversación sin éxito, por fin preguntó:
—¿Te molesta que te hable?
Abrí los ojos y giré lentamente la cabeza hasta encontrarme con él. Con ese hombre que alucinaba. Con mi amor eterno. Con la razón por la que estaba en ese manicomio emocional.
Quería preguntar tantas cosas, exigir respuestas, pero las palabras se me atascaron en la garganta al asimilar lo que estaba pasando.
Atado de manos y pies, completamente desnudo y con el cabello corto, estaba él, dentro de una tina con el agua caliente hasta el cuello.
—¿Qué haces…? —pregunté sin poder terminar la oración.
—Lo mismo que tú —respondió, con la voz cansada, en un susurro—. Sanando.
—El tiempo acabó —gritó una enfermera desde afuera.
Él me sonrió, dulce, sincero, y sus ojos se cerraron tristes aún con la sonrisa en su rostro. Dos hombres enormes lo sacaron de la tina y lo subieron a esa misma camilla de metal que ya llevaba mi nombre y mi sangre. Lo vi estremecerse; giró la cabeza hacia mí y mantuvimos el contacto visual hasta que lo sacaron de la habitación.
—Levántate —me ordenó la enfermera.
Obedecí casi sin pensar; había aprendido a seguir las órdenes de lo incómodo. Me recosté sobre otra camilla de metal y dejé que me llevaran por los largos pasillos hasta el consultorio que ya conocía bien.
El cambio brusco de temperatura hacía que mi piel expuesta se congelara sin piedad. Comencé a temblar, pero ya no sabía si era por miedo, frío o el simple reflejo aprendido de un cuerpo entrenado para sufrir.
Colocaron mi camilla junto a la de él, casi tan cerca como para sentir el calor de su piel.
Aún llevaba el cuerpo atado y mojado. Lo miré con dolor. Él me devolvió la mirada, entendiendo exactamente lo que pensaba, pero ninguno dijo nada. No sé si era por miedo o por cobardía, pero sabía que debía enfrentarlo.
El hombre al que había amado hasta la locura, hasta perder la razón, hasta olvidarme de mí, ahora estaba en la camilla a mi lado. Ya no a la distancia haciendo eco en mis memorias, ya no en mi cama como una alucinación, ya no en mis tardes libres como una visita. No. Ahora estaba aquí, como un consumidor pasivo de la misma carnicería emocional a la que yo me he enfrentado tantas veces.
El dolor recorrió mi alma. Volví a llorar, pidiéndoles a todas y cada una de las enfermeras que detuvieran el procedimiento. Les supliqué que lo dejaran ir, rogué por tomar su lugar. Nuevamente me silenciaron, me sujetaron a la mesa, me impidieron salir.
El doctor, con la misma cara triste, se acercó a él y le quitó las vendas que lo sujetaban. Él no se movía, ni siquiera me miraba. El doctor caminó despacio hasta llegar a mí, me tomó la cara entre las manos enguantadas y me dijo despacito:
—Él está libre, ¿lo ves? Podría huir, podría levantarse de la camilla y nadie lo detendría, pero no lo hace. ¿Te das cuenta? Y aquí estás tú, suplicando tomar su lugar para evitarle un sufrimiento que ni él está dispuesto a evitarse a sí mismo… qué lástima —dijo con un tono puntual, casi burlesco—. Pensé que ya te estabas curando.
Y entonces comenzó.
Un médico distinto empezó a examinar a mi amor bajo la supervisión del que sostenía aún mi cara.
—Sangre corrupta —dijo el médico de mi amor.
El mío asintió:
—De esta también —dijo con desprecio.
Ya sabía lo que venía.
Sujetaron mi cuerpo con correas de cuero frío, me ataron a la mesa y me colocaron junto a él, que mantenía los ojos cerrados y una expresión triste. Y entonces sentí el calor de su mano cerca de la mía, su meñique rozando el mío con timidez, con miedo.
No me quedaba nada más que aceptar ese gesto como único consuelo mientras el bisturí cortaba mi piel.
Las pinzas sacaban del frasco una a una sanguijuelas pequeñas que ponían sobre nosotros. Succionaban mi sangre y con ella también toda esperanza de salir de aquí.
Nuestras manos se fueron entrelazando cada vez más, sin vergüenza, sin miedo. Nuestras palmas húmedas se encontraron en un abrazo íntimo y de consuelo. A mi mente venían imágenes de antes, mucho antes de la lobotomía, mucho antes de su abandono, mucho antes de que él dejara de amarme: nuestras risas compartidas, nuestros cuerpos enredados bajo sábanas tibias en un pequeño colchón suave, el sonido de la lluvia repiqueteando en el tejado mientras nuestras respiraciones se sincronizaban en pacífico amor. Era feliz. Siempre supe que era feliz.
Ahora estoy aquí, siendo devorada por gusanos de sangre que me comen la tristeza, las ilusiones y el amor.
Me desmayé en algún momento. Cuando volví a abrir los ojos estaba nuevamente sola, en esa habitación tan blanca y vieja. Absolutamente sola.
El olor a vinagre con el que curaron mis heridas era penetrante y asqueroso. Me levanté despacio y una enfermera con rostro amable me trajo un par de toallas tibias para secarme el rostro y limpiar la sangre seca que quedaba en mi piel.
—¿Dónde está él? —le pregunté a la mujer que me miraba como esperando esa pregunta.
—Volvió —dijo con lástima en la voz.
Así que… siempre fue así. Los dos éramos pacientes del mismo maldito hospital.
Treinta
Hola, Samita... Quiero pensar que de alguna manera mágica, maravillosa y absolutamente imposible estas letras van a llegar a ti, van a viaja...
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Que otra vez, porque otra vez… Otra vez. Soñando despierta con lo que anhelo, congelándome la piel con lo que es. Explorando las risas que ...
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Cerré los ojos y apoyé la cabeza cansada en el borde de la tina. Estaba cubierta hasta el cuello de agua caliente y el vapor me dejaba somno...
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Hasta que la realidad nos alcance de nuevo. Hasta que la vida nos devuelva al mismo lugar. Hasta que la verdad nos golpee en la cara sin rem...





