jueves, 28 de agosto de 2025

De amor.

Iba a escribir de amor...

Pero me quedé sin palabras, te las comiste todas, devoraste letra por letra hasta dejar solo el rastro de un cariño que deseaba expresarse.
Quería escribir de amor, pero acabaste con la inspiración; parece que todo lo que tocas marchita.

Evitativo; todos dicen que debo huir de ese monstruo con cara de encanto...
¿Cómo iba a saber que ese eras tú? Te presentaste como Evaglael y te creí un ángel que por fin veía en mí lo que nadie nunca valoró...
Cuando descubrí la clase de demonio que eras en realidad, ya no sabía cómo irme.

Evaglael me mira desde las rendijas que dejó abiertas para mí. Yo tenía la ilusión de que era una puerta abierta de par en par, pero solo fue un espejismo.
Esa crueldad con la que me ignora me recuerda que yo sí dejé una puerta abierta por si volvía; la puerta y la ventana, y luego construí treinta ventanas más, y después rompí paredes por si no cabía por las puertas, y finalmente derribé murallas por si no alcanzaba a ver que había mucho espacio por el que podía pasar...

Él solo abrió para mí una rendija, mientras seguía a salvo en su trinchera; yo volví a destruirlo todo por él.

Evaglael me habla un poco, una vez, un instante, un momento. Su voz profunda penetraba mi piel, me arrancaba el corazón a besos y se bebía mi vida a través de mi alma.
El placer del amor que concebía mediante sus hermosas palabras me transformaba en humo que, condensado, llovía emociones y florecía con pasión a través de sus labios. Era un ciclo de vida, un murmullo de cariño.
Y luego, sin aviso, en medio de ese éxtasis, me abandonaba...
Evaglael me dejaba sin alma, sin vida, sin luz, sin agua, sin amor, sin su voz. Confundida y sin aliento me arrastraba en la nada; tratando de entender, preguntando, profanando mi propio amor con tal de recibir un poco de él, hasta que me secaba, hasta que solo quedaba una chispa de existencia en mi corazón. Latido a latido se evaporaba, hasta que él volvía a mí; a darme vida y bebérsela como si yo hubiese sido creada solo para él, únicamente para dejarlo satisfecho hasta que volviese a vaciarse en su propia vida, lejos de mí.

Él solo me quería para cuidarse a sí mismo, pero jamás me quiso a mí, no de verdad.

Evaglael me juraba que me amaba cuando la chispa de mi corazón se evaporaba, pero aún quedaba la esencia de mi alma revoloteando por el universo de su conciencia. Se sabía la rutina exacta para traerme de vuelta, el momento preciso, sin riesgo aparente; conocía lo que debía hacer, lo que tenía que decir y hacia dónde mirar.
Entonces, con sobrehumano esfuerzo me materializaba entre sus brazos, me incorporaba con sumo cuidado aunque eso me provocara un dolor indescriptible. Temblaba con ardor en la piel, deseando que su voz calmara ese tormento, pero él solo me consumía, solo me agotaba...

Evaglael, quería escribirte, escribir con amor para ti, pero te comiste mis palabras y mis fuerzas y mi anhelo, y vomitaste ácido sobre mi alma ilusionada que solo añoraba con fe un final distinto.
Mi amor, después de tantos "no te vayas", después de tantos "quiero hacer las cosas bien", después de tantos "voy a arreglarlo"; lo único que me queda claro es que solo te importas tú mismo, nadie más que tú.
"La única constante es el cambio", dijiste. Pero, ¿realmente sabes lo que cambiar significa?

No vas a cambiar; seguirás siendo para siempre ese hermoso ángel que se disfraza de amor, pero en realidad solo eres un monstruo evitativo que me va a consumir hasta que ya no quede nada de mí que le sirva.

"Aléjense de un evitativo", decían...
¿Por qué no lo escuché?

De verdad quería escribir de amor...




domingo, 24 de agosto de 2025

Trepanación emocional

 El dolor volvió, los recuerdos también, y el aroma de su piel impregnado en cada rincón de mi cuerpo me enredaba en ansiedad.

Podía escuchar su voz llamándome desde las paredes; el perfume familiar me guiaba por los fríos pasillos de aquel interminable y oscuro hospital. Me dejaba envolver por el calor imaginario de sus brazos y, cuando la medicación me transformaba en esa persona herida, dormida y receptiva, lo veía frente a mí. Respiraba el calor de su aliento, probaba el dulzor de su saliva en mis labios, trepaba frenética por su cuerpo, aferrándome a sus brazos, sintiéndolo en cada segundo, hasta que el fármaco se desvanecía y despertaba otra vez; sola.

Cada noche él prometía quedarse, juraba que me amaba, que despertaría a su lado en nuestra acogedora habitación. Me repetía con su voz hermosa que me quería para siempre, y cada vez yo le creía. Solo deseaba que fuera verdad… pero amanecía siempre en esa maldita cama de hospital, sin él.

—¿Estoy volviéndome loca? —pregunté entre ensoñaciones.
—Probablemente —respondió la voz cansada de la enfermera.
—Solo lo amé… —balbuceé.
—El amor mal entendido vuelve loco hasta al más racional. No te culpes —dijo sin mucha esperanza.
—Es que yo nunca fui racional; mi amor jamás fue cuerdo ni prudente —susurré, sin saber si alguien me escuchaba o si solo lo decía en las vagas cavilaciones de mi memoria adormecida.

Un frío recorrió mi espalda. Las luces blancas me cegaban. Otra vez estaba en esa mesa helada que quemaba mi piel. Me levantaron la cabeza y la sujetaron entre placas rígidas. El médico hablaba, pero no entendía nada. Ni siquiera tenía fuerzas para escuchar.

El sonido filoso de las tijeras venia detras de mi oreja acompañado de gruesos mechones de mi cabello cayendo al suelo. Solté un quejido tenue que llamó la atención.

—¿Qué le dieron? —preguntó alguien. Reconocí de inmediato esa voz: era él, mi amor, observándome desde el otro lado de la habitación. Ahí estaba. Venía por mí. Un deseo desesperado de incorporarme me sacudió, pero me sujetaron, como siempre. Nadie le respondió.

Entonces me llamó por mi nombre. Sus ojos, llenos de culpa, se clavaron en los míos. Traté de pedir ayuda, balbuceando, pero él no se acercó.

¿Realmente estaba aquí?

El doctor tomó un instrumento y sentí el filo sobre la parte trasera de mi cráneo, seguido de una presión lenta y firme…

El medicamento no abandonaba mi sistema, pero el dolor inconfundible de esas torturas me devolvía, aunque fuese por momentos, a una conciencia desgarradora. Grité, mi garganta se rompía, mientras lo miraba a él, inmóvil al fondo de la sala, diciéndome que me quería, sin mover un dedo.

La presión se detuvo; el dolor era agudo, punzante, profundo. El suelo comenzó a llenarse de mi sangre. Quizá esta vez sería todo.

—¿Qué le van a hacer? —repitió él.

El doctor contestó despacio, sin mirarlo, casi para sí mismo:
—Los malos espíritus luchan por salir… todo estará bien. Ahora limpiamos por aquí… —canturreaba, mientras raspaba los bordes del hueso expuesto—. Sin dañar el cerebro, solo hay que liberarlo.

—Mi chiquita… —dijo mi amor, acercándose apenas, pero sin detener nada. Solo miraba.

El dolor regresó. Grité, me agité, y por un instante lo perdí de vista. Lloraba suplicándole que me ayudara. Ya no quería sufrir.

El doctor se inclinó a mi oído y susurró:
—No puede ayudarte.

Volvió a presionar la herida. El dolor me desgarró de nuevo. No sabía qué ardía más: si la cabeza o el corazón.

Después de un par de convulsiones y de quedarme sin fuerzas, lo sentí. El médico sonreía, no sé si a él o a la enfermera, pero lo percibí. Y de pronto, la caricia: su mano tibia recorrió mi muslo descubierto. El calor de su palma me devolvió el alma al cuerpo, arrancándome lágrimas incontenibles que empapaban mi cabello.

Luego la camilla se movió. Mi amor me siguió. Me recostaron en mi cama, vendada con telas pesadas y empapadas de sangre.

—Me creen poseída, mi amor —le dije, agotada. Él no contestó.

—Creen que no vienes a verme, que estoy loca, que hay malos espíritus. Creen que no me amas… pero ellos no tienen razón, ¿verdad? Tú… me amas. Sí me amas… —repetí con un ruego apagado.

—Te amo mucho —me dijo—. Pero ahora no puedo hablar, no tengo nada que decirte.

Después de eso, cada semana estaba ahí. Puntual. Con su ropa oscura, su cabello húmedo, el aroma de siempre. Pero ya no venía por las noches, ya no se escondía entre los pasillos, ya no me besaba el cuerpo maltratado.

Todos juraban que me estaba curando, que había dejado de delirar, que la trepanación había funcionado. Repetían que pronto estaría mejor.

Pero solo yo conocía la verdad. Solo yo sentía. Solo yo miraba sus ojos. Y, muy en el fondo de mi corazón, estaba absolutamente segura de que ahora sí me estaba volviendo loca de verdad…



viernes, 8 de agosto de 2025

La indicada

 Por favor entiéndeme....

Aunque comprendo tu proceso y sé que tus palabras no salieron de tu alma con mala intención, mi corazón se hizo chiquito al saber que guardas ese amor para la mujer correcta...


Porque mientras yo soñaba con el día en que le daríamos a nuestros hijos su primer perrito, tú reservabas tu corazón para aquella con quien siempre quisiste formar una familia.

Y mientras yo tarareaba, en pequeños momentos, la canción que me imaginaba bailar contigo en nuestra boda, tú esperabas con ternura a la mujer que deseabas ver vestida de blanco en el altar.


Y aunque quizá esa mujer no exista en la realidad y solo extrañes los recuerdos difusos de tu futura esposa idealizada…

Yo estaba aquí.

A tu lado.

Preparando tu comida.

Amándote en cada mínimo gesto:

cortando tus hotcakes en forma de corazón,

poniéndole cuatro granitos de sal al agua porque así es como la prefieres,

midiendo la temperatura del café para que durara caliente pero no te quemara al tomar primer sorbo,

eligiendo siempre tu cuchara favorita, la que tú tomabas con regularidad y yo noté...

anotando mentalmente tu desayuno preferido para dártelo con frecuencia —pero no tan seguido como para que te aburriera el sabor—,

reconociendo tus prendas favoritas y procurando tenerlas limpias en tus cajones, solo por el placer de verte usarlas feliz… cómodo.

Quizá eso no arreglaba tu vida, pero hacía tus días un poco más alegres.

Y yo no necesitaba nada más.


Mientras tanto, tú pensabas en la mujer perfecta.

En que serías verdaderamente feliz si te casabas con alguien más.

Guardabas el amor que no me dabas, no por descuido, sino para no “malgastarlo” en alguien como yo.

Lo conservabas intacto, en silencio, esperando poder dárselo a ella:

a la mujer correcta.

Al amor de tu vida.


Y en el fondo…

siempre lo supe.

Que te conformabas conmigo mientras llegaba alguien mejor.

Que yo era lo que tenías… pero no lo que querías.

Que estabas conmigo porque yo te amaba,

pero no porque me elegías.

Jamás me sentí elegida.


Y con el corazón en la mano,

con la sinceridad de quien ya ha vivido el abandono,

de quien ya fue rota por el amor de su vida…

te pregunto, mi vida:

¿Y si no soy yo?

¿Y si solo no sabes cómo soltarme,

pero en el fondo, no soy tu hogar?

¿Qué tal si no soy tu sueño hecho mujer,

tu compañera de vida, ni tu refugio favorito?

¿Y si no soy el amor que te revoluciona el alma,

sino solo una estación cómoda mientras esperas tu verdadero destino?


Tu confesión no fue una sentencia,

pero sí me golpeó con una realidad inevitable

y una duda que ahora vive en mi pecho con nombre propio...


Quizá siempre mantengas abiertas tus opciones,

por si un día, sin planearlo, aparece ella:


tu certeza,el sueño que nunca se te desgastó.

La que no soy yo...


Si después de tanto tiempo aún dudas,

quizá ni mil terapias puedan enseñarte a amarme de verdad,

ni ayudarte a elegirme con convicción.

Quizá solo nos estamos convenciendo por ratos,

fingiendo pedacitos de futuro…

hasta que finalmente llegue ella

y yo tenga que volver a dejarte ir.

Entonces dime, mi amor:

¿qué hago?

¿Qué le digo a los niños de mi imaginación?

¿Qué le cuento a las flores que nunca quisiste darme?

¿Cómo me deshago de los sueños que tejimos en esta habitación?

¿Y si no soy yo…

la historia que tu alma quiere contar hasta el final?


No quiero forzar más una sueño de amor que solo vive en mi lado de la cama.

Mi amor, tal vez no sea yo...




Noches prestadas

 Que otra vez, porque otra vez… Otra vez. Soñando despierta con lo que anhelo, congelándome la piel con lo que es. Explorando las risas que ...