Iba a escribir de amor...
Pero me quedé sin palabras, te las comiste todas, devoraste letra por letra hasta dejar solo el rastro de un cariño que deseaba expresarse.
Quería escribir de amor, pero acabaste con la inspiración; parece que todo lo que tocas marchita.
Evitativo; todos dicen que debo huir de ese monstruo con cara de encanto...
¿Cómo iba a saber que ese eras tú? Te presentaste como Evaglael y te creí un ángel que por fin veía en mí lo que nadie nunca valoró...
Cuando descubrí la clase de demonio que eras en realidad, ya no sabía cómo irme.
Evaglael me mira desde las rendijas que dejó abiertas para mí. Yo tenía la ilusión de que era una puerta abierta de par en par, pero solo fue un espejismo.
Esa crueldad con la que me ignora me recuerda que yo sí dejé una puerta abierta por si volvía; la puerta y la ventana, y luego construí treinta ventanas más, y después rompí paredes por si no cabía por las puertas, y finalmente derribé murallas por si no alcanzaba a ver que había mucho espacio por el que podía pasar...
Él solo abrió para mí una rendija, mientras seguía a salvo en su trinchera; yo volví a destruirlo todo por él.
Evaglael me habla un poco, una vez, un instante, un momento. Su voz profunda penetraba mi piel, me arrancaba el corazón a besos y se bebía mi vida a través de mi alma.
El placer del amor que concebía mediante sus hermosas palabras me transformaba en humo que, condensado, llovía emociones y florecía con pasión a través de sus labios. Era un ciclo de vida, un murmullo de cariño.
Y luego, sin aviso, en medio de ese éxtasis, me abandonaba...
Evaglael me dejaba sin alma, sin vida, sin luz, sin agua, sin amor, sin su voz. Confundida y sin aliento me arrastraba en la nada; tratando de entender, preguntando, profanando mi propio amor con tal de recibir un poco de él, hasta que me secaba, hasta que solo quedaba una chispa de existencia en mi corazón. Latido a latido se evaporaba, hasta que él volvía a mí; a darme vida y bebérsela como si yo hubiese sido creada solo para él, únicamente para dejarlo satisfecho hasta que volviese a vaciarse en su propia vida, lejos de mí.
Él solo me quería para cuidarse a sí mismo, pero jamás me quiso a mí, no de verdad.
Evaglael me juraba que me amaba cuando la chispa de mi corazón se evaporaba, pero aún quedaba la esencia de mi alma revoloteando por el universo de su conciencia. Se sabía la rutina exacta para traerme de vuelta, el momento preciso, sin riesgo aparente; conocía lo que debía hacer, lo que tenía que decir y hacia dónde mirar.
Entonces, con sobrehumano esfuerzo me materializaba entre sus brazos, me incorporaba con sumo cuidado aunque eso me provocara un dolor indescriptible. Temblaba con ardor en la piel, deseando que su voz calmara ese tormento, pero él solo me consumía, solo me agotaba...
Evaglael, quería escribirte, escribir con amor para ti, pero te comiste mis palabras y mis fuerzas y mi anhelo, y vomitaste ácido sobre mi alma ilusionada que solo añoraba con fe un final distinto.
Mi amor, después de tantos "no te vayas", después de tantos "quiero hacer las cosas bien", después de tantos "voy a arreglarlo"; lo único que me queda claro es que solo te importas tú mismo, nadie más que tú.
"La única constante es el cambio", dijiste. Pero, ¿realmente sabes lo que cambiar significa?
No vas a cambiar; seguirás siendo para siempre ese hermoso ángel que se disfraza de amor, pero en realidad solo eres un monstruo evitativo que me va a consumir hasta que ya no quede nada de mí que le sirva.
"Aléjense de un evitativo", decían...
¿Por qué no lo escuché?
De verdad quería escribir de amor...


