Tengo un dolorcito en el pecho, a un ladito del corazón, ahí en donde antes estabas tú. Me duele ese huequito del que te me saliste a la fuerza, a punta de mordidas, arañazos, malas palabras, groserías, mentiras y demás violencias silenciosas que me sangraron el amor.
Me abandonaste incluso desde antes de irte... hubieron muchas señales, muchas, pero no tenía ni ganas ni fuerzas para verlas.
Te sentabas por horas a mi lado en silencio, con el ruido de tu celular haciendo eco en las paredes que se enfriaban junto con este intento de amor... Ya no había caricias, conversaciones, palabras de amor, ya no había platicas profundas, besos, risas, solo el eco de un deseo que se apagaba con tristeza en mi corazón.
Y supe que nuestro amor se estaba terminando.
Pasabas horas riendo con alguien a través de la pantalla; palabras cómplices en línea que se convertirán en bromas internas de algo que yo no entendía, de algo de lo que yo jamás fui parte... y cuando llegaba el momento de apagar la consola y volver a mí, al mundo real; el odio en tus ojos era evidente, la frialdad en tu voz me congelaba las ganas, tu distancia abría una herida y una brecha enrome en medio de nuestra cama. Cada uno en una en una esquina y en medio; el profundo vacío de tu indiferencia, justo ahí; abajito de las cobijas...
Las pocas veces que mi cuerpo cedía al forzado calor de tu tacto; me dolía el corazón, me sentí abandonada, usada, insegura, comparada, pero no sabes cuantas veces rogaba, suplicaba un poco de ese amor, una mirada, un beso, lo que fuera, me arrastraba por lo más mínimo de tu atención por sentir aunque sea un vestigio de conexión, lo que fuera, solo quería estar cerca de ti...
Pero así es como funciona dejar de ser amada.
Quizá nunca lo fui...
Cuanto extraño sentirme especial.

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