A las 10 de la mañana, ella lloraba.
Y a las 11.
Y a las 3 de la tarde, y a las 5, y a las 6.
Y luego, hasta las 8 de la noche.
Y lloraba, y lloraba, hasta las 3 de la mañana, hasta que se quedaba dormida.
Entonces volvía a abrir los ojos a las 5 de la mañana para volver a llorar… una hora o dos, quizá.
Lloraba hasta volver a dormir y poder soñar que seguía llorando.
Ella guardaba su corazón (o lo que le quedaba) en una tacita, y se la ponía en el pecho para sentir que ahí había algo —lo que fuera— cualquier cosa, menos ese vacío doloroso que le ponía fría la nariz y las puntas de los dedos.
Ella tenía el mal hábito de amar.
Amaba los recuerdos: los buenos y los malos.
Amaba las posibilidades: las que sí y las que no.
Amaba los secretos, las flores, las noches, el aroma de la lluvia y su vida con él…
Y eso era lo que más dolía:
Ella tenía el mal hábito de amar lo que no podía amarla de vuelta.
Y su alma sufría…
Hasta que un día, mamá la tomó entre sus brazos, le dio un beso en la frente y le dijo:
—Ya va a pasar.
Y con su magia, la bautizó con el nombre de Agustina.
En ese momento, “ella” dejó de ser ella para transformarse en Agustina.
—Agustina no sufre —dijo mamá, mientras le acariciaba el pelo—.
Agustina vive en un campo de flores y tiene muchos árboles.
Agustina toma un mango de su árbol de mangos y va debajo de su aguacate a comerse su mango.
Luego va por una naranja, y se la come debajo de su árbol de limón.
Agustina no llora porque ella no está triste.
A ella no le rompieron el corazón.
Agustina tomó todo su amor y se fue a vivir al campo, donde es feliz, porque ella sabe que eso es lo que merece.
Agustina está contenta, y sonríe, y come…
Entonces, “ella”, ahora Agustina, va a vivir al campo cada vez que los recuerdos de su hogar le pesan.
Cada vez que él se cuela en su memoria y, muy por debajo de su piel, le deja besitos que duelen…
Y también las marcas de un amor que él desechó como si fuese nada, en cuestión de horas.
Ella se transforma en Agustina cada vez que él aparece, bailando como un fantasma por los pasillos, la cama, las habitaciones y cada rinconcito que ambos compartieron…
Ella se convierte en Agustina cuando llega a su memoria la realización de que tantos años de amor fueron olvidados de un día a otro.
Que ella fue desechada como basura, ignorada, rechazada, despreciada…
Simplemente olvidada, como si jamás hubiese existido.
Pero Agustina vive en el campo.
En una casa que él no conoce.
Detrás de unos árboles que él jamás ha visto.
Bajo un cielo que no ha compartido con él.
Agustina no llora, porque ella no tiene el corazón roto.
Agustina tiene una florecita morada plantada en la tacita que, cuando deja de ser Agustina, se pone en donde tenía el corazón…

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