Que otra vez, porque otra vez…
Otra vez.
Soñando despierta con lo que anhelo, congelándome la piel con lo que es.
Explorando las risas que no existen, el calor que no me elige, el tiempo que no pasa. Amando escenarios que se quedan enterrados en los escombros de la duda, arrastrándome de vuelta a la soledad que desearía no tener que vivir.
Traduzco los sonidos del vacío, hablando un idioma que solo yo entiendo y que nadie comparte. Acaricio el “ojalá” que se me derrama del corazón y me cubre de sal los ojos, pero que jamás termina de salir… qué humillante sería, además, llorar.
La tristeza se me atora en el estómago. Es que comí ilusiones podridas que me hicieron mal. Ahora estoy enferma de esperanza, con un dolor punzante que me recuerda que quizá debí decir que no cuando me invitaron a cenar.
Estaría sola… pero al menos no tan sola como lo estoy ahora, que duermo junto a él.
Ayer le escribí una carta. La leyó con los ojos, cuando debía leerla con el corazón.
Ahora entiendo que, aunque me ame, no me quiere.
Debería poder quererme más, pero yo… yo quererme a mí. Así quizá no aceptaría pedazos de un amor que alguien más tiró, que alguien más no se acabó. Porque comer desesperada las sobras te enferma de esperanza…
y la esperanza daña más que la soledad.
Todavía creo que volvió porque fui la única que respondió…
la única puerta que se abrió, o que quizá nunca se cerró.
Porque sé que una parte suya —y ahora quizá también mía— está esperando a la mujer correcta que llegue a su vida, para que todo su amor no se desperdicie en mí.
Esas noches de lluvia, acurrucados bajo las sábanas, están reservadas para ella.
Ahora yo también respeto su lugar, aunque aún no aparece.
Qué distinto es el dolor cuando lo asumes.

Qué prosa🥀🖤
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