El dolor volvió, los recuerdos también, y el aroma de su piel impregnado en cada rincón de mi cuerpo me enredaba en ansiedad.
Podía escuchar su voz llamándome desde las paredes; el perfume familiar me guiaba por los fríos pasillos de aquel interminable y oscuro hospital. Me dejaba envolver por el calor imaginario de sus brazos y, cuando la medicación me transformaba en esa persona herida, dormida y receptiva, lo veía frente a mí. Respiraba el calor de su aliento, probaba el dulzor de su saliva en mis labios, trepaba frenética por su cuerpo, aferrándome a sus brazos, sintiéndolo en cada segundo, hasta que el fármaco se desvanecía y despertaba otra vez; sola.
Cada noche él prometía quedarse, juraba que me amaba, que despertaría a su lado en nuestra acogedora habitación. Me repetía con su voz hermosa que me quería para siempre, y cada vez yo le creía. Solo deseaba que fuera verdad… pero amanecía siempre en esa maldita cama de hospital, sin él.
—¿Estoy volviéndome loca? —pregunté entre ensoñaciones.
—Probablemente —respondió la voz cansada de la enfermera.
—Solo lo amé… —balbuceé.
—El amor mal entendido vuelve loco hasta al más racional. No te culpes —dijo sin mucha esperanza.
—Es que yo nunca fui racional; mi amor jamás fue cuerdo ni prudente —susurré, sin saber si alguien me escuchaba o si solo lo decía en las vagas cavilaciones de mi memoria adormecida.
Un frío recorrió mi espalda. Las luces blancas me cegaban. Otra vez estaba en esa mesa helada que quemaba mi piel. Me levantaron la cabeza y la sujetaron entre placas rígidas. El médico hablaba, pero no entendía nada. Ni siquiera tenía fuerzas para escuchar.
El sonido filoso de las tijeras venia detras de mi oreja acompañado de gruesos mechones de mi cabello cayendo al suelo. Solté un quejido tenue que llamó la atención.
—¿Qué le dieron? —preguntó alguien. Reconocí de inmediato esa voz: era él, mi amor, observándome desde el otro lado de la habitación. Ahí estaba. Venía por mí. Un deseo desesperado de incorporarme me sacudió, pero me sujetaron, como siempre. Nadie le respondió.
Entonces me llamó por mi nombre. Sus ojos, llenos de culpa, se clavaron en los míos. Traté de pedir ayuda, balbuceando, pero él no se acercó.
¿Realmente estaba aquí?
El doctor tomó un instrumento y sentí el filo sobre la parte trasera de mi cráneo, seguido de una presión lenta y firme…
El medicamento no abandonaba mi sistema, pero el dolor inconfundible de esas torturas me devolvía, aunque fuese por momentos, a una conciencia desgarradora. Grité, mi garganta se rompía, mientras lo miraba a él, inmóvil al fondo de la sala, diciéndome que me quería, sin mover un dedo.
La presión se detuvo; el dolor era agudo, punzante, profundo. El suelo comenzó a llenarse de mi sangre. Quizá esta vez sería todo.
—¿Qué le van a hacer? —repitió él.
El doctor contestó despacio, sin mirarlo, casi para sí mismo:
—Los malos espíritus luchan por salir… todo estará bien. Ahora limpiamos por aquí… —canturreaba, mientras raspaba los bordes del hueso expuesto—. Sin dañar el cerebro, solo hay que liberarlo.
—Mi chiquita… —dijo mi amor, acercándose apenas, pero sin detener nada. Solo miraba.
El dolor regresó. Grité, me agité, y por un instante lo perdí de vista. Lloraba suplicándole que me ayudara. Ya no quería sufrir.
El doctor se inclinó a mi oído y susurró:
—No puede ayudarte.
Volvió a presionar la herida. El dolor me desgarró de nuevo. No sabía qué ardía más: si la cabeza o el corazón.
Después de un par de convulsiones y de quedarme sin fuerzas, lo sentí. El médico sonreía, no sé si a él o a la enfermera, pero lo percibí. Y de pronto, la caricia: su mano tibia recorrió mi muslo descubierto. El calor de su palma me devolvió el alma al cuerpo, arrancándome lágrimas incontenibles que empapaban mi cabello.
Luego la camilla se movió. Mi amor me siguió. Me recostaron en mi cama, vendada con telas pesadas y empapadas de sangre.
—Me creen poseída, mi amor —le dije, agotada. Él no contestó.
—Creen que no vienes a verme, que estoy loca, que hay malos espíritus. Creen que no me amas… pero ellos no tienen razón, ¿verdad? Tú… me amas. Sí me amas… —repetí con un ruego apagado.
—Te amo mucho —me dijo—. Pero ahora no puedo hablar, no tengo nada que decirte.
Después de eso, cada semana estaba ahí. Puntual. Con su ropa oscura, su cabello húmedo, el aroma de siempre. Pero ya no venía por las noches, ya no se escondía entre los pasillos, ya no me besaba el cuerpo maltratado.
Todos juraban que me estaba curando, que había dejado de delirar, que la trepanación había funcionado. Repetían que pronto estaría mejor.
Pero solo yo conocía la verdad. Solo yo sentía. Solo yo miraba sus ojos. Y, muy en el fondo de mi corazón, estaba absolutamente segura de que ahora sí me estaba volviendo loca de verdad…

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