—¿Conoces las orquídeas? —me dijo ella con su voz serena mientras yo sollozaba con la cara entre las manos, no respondí, pero Agustina continuó su relato sin esperar mi respuesta.
Ella era como una orquídea; hermosa, brillante, de preciosos colores, y tú como un árbol fuerte, de firmes raíces y frondosas ramas que proveen.
Las semillas de las orquídeas son tan pequeñas, tan minúsculas que son incapaces de germinar por sí solas, pero encontró tierra fértil entre tus raíces y se acomodó a tu lado, ella solo necesitaba de ti.
—Y se lo di —le dije con voz ronca, interrumpiendo su historia—. Todo le di… —suspiré, y el aire se me contrajo en el pecho, como si un sollozo se me hubiera quedado dormido entre las costillas, mientras me limpiaba la cara de lágrimas.
—Desde el amor —continuó Agustina mientras me acariciaba el pelo—. La naturaleza de las orquídeas es frágil, casi como un milagro de la naturaleza, y desde esa fragilidad ella se sostuvo entre tus ramas y se permitió crecer en la seguridad que le brindaste, floreció gracias a tu luz, a tu agua, a tu fortaleza, floreció gracias a ti, pero mi amor, las orquídeas no tienen raíces profundas, con su delicado y frágil amor se sostuvo de ti, tomando todo lo que pudiese de ti y del exterior que le mantuviese con vida; totalmente indiferente al origen de su apoyo; tú...
—¿Y por qué yo, Augus? —le pregunté más por confirmar la respuesta que por mi incapacidad de entender lo que trataba de decir, pero ella no respondió, solo continuó.
Necesitan algo que les proporcione nutrientes en sus primeras etapas de vida. Se benefician del otro sin dar nada a cambio al inicio. Su florecimiento depende de algo que luego abandonan. Sobreviven desde su lugar, sin llevar sus raíces más allá de las tuyas, existen en su amor cubriéndose de ti, haciendo como que estaba ahí, pero solo fingiendo, solo acompañando. Y aunque florecen de forma espectacular, su belleza puede durar poco… o florecer solo en condiciones ideales. A veces parece que dan algo, pero en el fondo no dura para siempre.
—Quisiera ser una orquídea —dije perezoso mientras pasaba un pañuelo por mis ojos hinchados.
—¿Es esa tu naturaleza? —dijo Agustina sosteniéndome el rostro enrojecido, yo solo sonreí...
Me acosté a dormir bajo la tenue luz de mi lámpara de noche,
mi hermosa orquídea ahora se alimenta de otra raíz,
ahora vive bajo la sombra de otro árbol
y crecerá bajo sus cuidados,
tan espectacular,
tan bonita desde el amor que le entregué,
pero sin raíces firmes que crecieran a mi lado,
sin florecer todo el tiempo en mi compañía,
sin amor de verdad...
Qué dolor ha dejado la falta de color que me trajo tu ausencia,
mi bella, pero no tan amada flor.

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